Si me preguntasen cuál es mi juego favorito respondería Diablo 2: Lord of Destruction. Esto no quiere decir que sea el mejor juego al que he jugado jamás. Simplemente es el primero que me viene a la cabeza como favorito. Bien es verdad que le he echado demasiados cientos (¿miles?) de horas, pero no puede hacer frente a las invertidas en World of Warcraft (hola, Blizzard). Para mí es uno de esos juegos que todos tenemos atesorados en la memoria. De esos que cuando lees o escuchas su nombre sientes la urgente necesidad de dejarlo todo y salir corriendo a jugarlo. Este texto no va a ser tanto de hablar sobre Diablo sino de lo que esta franquicia ha significado para mí. Como diría Daniel Faraday de Perdidos: “si algo sale mal, Diablo será mi constante”. 

Mi primer contacto con la saga fue en NetKombat, el ciber que solía frecuentar en aquella prolífica época donde estos oscuros y turbios garitos poblaban las calles de la ciudad. Yo acudía, como todo hijo de vecino, a jugar religiosamente al mod de polis y cacos de Half-Life, Counter-Strike, cuando apenas era una beta y, de paso, también echaba alguna que otra desastrosa partida de Starcraft (¿sigues ahí, Blizzard?). Allí había un grupo de chavales mayores que yo que jugaban a Diablo 2 y a veces me quedaba detrás mirando cautivado. Tengo grabado en la memoria cómo uno de ellos jugaba con una amazonas equipada con un Windforce, que por la forma en que lo decían aquello debía ser el arma deseada por todos (lo era). Él solito asolaba un dantesco escenario formado por ríos de lava donde los demonios morían incluso antes de detectar la presencia enemiga. Era una delicia visual. Así fue como, en ese preciso instante, yo me enamoré del juego para siempre.

Tras invertir varios miles de pesetas en aquel lugar, me di cuenta de que la mejor opción sería hacerme con copia propia y jugar desde casa con mi nada despreciable conexión de 56 kbps, siempre y cuando ningún familiar tuviese la necesidad de llamar al teléfono fijo. Las tardes pasaban volando mientras los incesables clics retumbaban en la habitación al ritmo de lo que fuese que tenía en el Winamp por aquel entonces, aunque mejor no decirlo recordarlo.

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Coincidió que poco tiempo después salió Lord of Destruction. Una expansión que llevaba a la perfección un juego que prácticamente ya lo era. El nuevo acto era sucio, frío y duro. El pueblo bárbaro menguaba a cada minuto que jugaba pese a mis esfuerzos por salvarlos a todos. Aquello era brillante. Además se introdujeron dos nuevas clases. La asesina nunca me terminó de gustar pero la clase del druida era miel de romero, como diríamos aquí en Valencia. Capaz de convertirse en el señor de las bestias al mismo tiempo que podía desatar el lado más apocalíptico de la naturaleza. Y así, un nuevo sin fin de horas por delante.

Hasta hace pocas semanas nunca había terminado la primera entrega de la saga, que fecha de 1996. Es sin duda el más complicado de todos y por excusas varias no lo había intentando con el respeto que merece. Así que, casi 20 años después del lanzamiento, acabé de nuevo con el señor del terror. Cuánto me alegro de haber cerrado el círculo, aunque haya sido en el orden equivocado. Todo cuanto hemos visto en las entregas posteriores ya estaba en el génesis de la trilogía. La historia, los personajes, los enemigos, las clases, los objetos… Todo. Este hecho me hizo apreciar y respetar todavía más el trabajo de Blizzard y cómo ha tratado su evolución. Por supuesto Diablo (1996) era mucho más sencillo. Únicamente existía un acto, donde el héroe debía descender a lo largo de 16 niveles hasta encontrar el enemigo final. Al contrario que Diablo II y Diablo III que, en ese sentido, son más similares entre sí. Ambos establecen la dinámica de actos, donde nuestro avatar viajará por pantanos, desiertos, glaciares y cualquier terreno corrompido por demonios y otras bestias.

A lo largo de los años lo he retomado incontables veces. Antes a Lord of Destruction, ahora hago lo mismo en Reaper of Souls. Es mi juego comodín por excelencia. Un saco donde meter las horas en esas tardes de domingo de pijama y orinal. Para mí se ha convertido en ese juego que tengo siempre instalado, ideal para ese “tengo 30 minutos y no me apetece enchufar la consola” pero capaz de atraparme durante horas delante de la pantalla.

Entiendo perfectamente que a mucha gente puede resultarle aburrido, repetitivo. Lo es. Es el juego repetitivo por excelencia, no hay lugar a discusión. Pero por algún motivo yo encuentro atractiva esa monotonía. En su día pasaba los días en el nivel de las vacas, ahora los paso haciendo fallas y cuando estoy de suerte me sale una falla repleta de vacas. Lo mejor de cada casa.

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Será la búsqueda incesante de mejorar el equipo del personaje. Será que es infinito. Serán las endorfinas que libera mi cuerpo a ver críticos de varios millones de daño. Será que soy adicto a casi todos los videojuegos. Pero todos los años tengo mis semanas de vicio al Diablo de turno y el día que me aburra jugándolo será porque me he hecho mayor.