El otro día, paseando por el famoso pier de Santa Mónica, me encontré con unos recreativos. Pensé que al estar en un sitio tan turístico, solo vería máquinas con pantallas táctiles, claw machines y en general los típicos sacacuartos para el público más joven. Por suerte estaba equivocado. Al profundizar por sus pasillos descubrí joyas como un Street Fighter II original, el primer Mortal Kombat o todo un Final Fight; clásicos absolutos que no veía al alcance de cualquiera desde los años 90. Pero ahí no acabó la sorpresa, ya que al llegar al extremo del salón me enfrenté ante un trío que hizo que me temblaran las piernas: OutRun 2 SP, Daytona USA y Sega Super GT (Scud Race en Europa y Japón).

Sega alcanzó la perfección con Scud Race

Sega alcanzó la perfección con Scud Race

De repente, volví a ser ese niño pequeño que se palpaba todos los bolsillos intentando encontrar una última moneda. No sé exactamente qué cara puse, pero por suerte uno de mis compañeros de viaje se percató de mi entusiasmo y no dudó en prestarme un dólar. Necesitaba jugar y mi mirada lo transmitía. Tenía esas ganas locas de experimentar una regresión y disfrutar de una de las mejores épocas de mi vida. Como me sentía cómodo con OutRun (lo tengo relativamente fresco en su versión para PSP), elegí la primera cabina que vi libre y me convencí rápidamente de que iba a aprovechar la partida. Afortunadamente así fue, aunque por los pelos. Acabé completando las 5 rutas entrando a la meta por el segundo camino, apurando al máximo todos los derrapes -con algún que otro susto- mientras sonaba de fondo Night Flight, una de mis canciones favoritas de la banda sonora.

A raíz de esta anécdota, aún con los nervios típicos de un adolescente y la satisfacción de haber llegado a los créditos finales, surgió una conversación que extendí con otros colegas que pude ver en el E3: mi necesidad de racers clásicos. Durante la feria pudimos ver, por ejemplo, el nuevo Need for Speed, un reinicio de la saga que promete devolvernos el mejor tuning y las competiciones clandestinas más emocionantes. El problema es que, personalmente, estoy hastiado de estas premisas. Reconozco haber disfrutado y mucho de las primeras entregas, donde primaba el realismo y los coches de lujo (¡todavía conservo el original de 3DO!). También lo pasé en grande con los Underground, pese a que estéticamente no me convencían. El problema creo que lo tengo con dos conceptos: el mundo abierto y el todo-online. Me explico. No me gusta tener que fijarme en señalizaciones casi invisibles para poder tomar la curva en condiciones. Tampoco me parece excesivamente divertido correr por una ciudad si no puedo bajarme del coche. Y luego está el componente online, omnipresente y casi acosador en algunos juegos. Que cada dos por tres me cruce con alguien que está jugando en mi partida o que al pasar por debajo de una farola me ofrezcan un reto de alcanzar cierta velocidad me estresa. Solo los Forza Horizon (especialmente su segunda parte) han hecho mella en mí, y si lo hicieron es porque tienen mucho estilo. No solo saben dominar muy bien algo tan importante como es el ritmo, sino que recuperan los mejores cielos azules.

Forza Horizon 2 y sus cielos azules

Forza Horizon 2 y sus cielos azules

Tengo que remontarme a Burnout 3 Takedown si quiero encontrar un racer perfecto. A partir de ahí hubo alguno decente, claro, pero en mi memoria solo aparecen diseños apagados, armas de fuego y dubstep. Incluso Ridge Racer se estropeó. La mejor Sega, la mejor Namco, Bizarre o Criterion ya no están como en “aquellos maravillosos años”, y claro, el mercado ha cambiado de manera tan radical que nadie está como para suicidarse económicamente, pero me apetecía soñar con este artículo. Soy de los que a veces busca en ebay una recreativa de Sega Rally, y también de esos que tienen en su teléfono de manera permanente la banda sonora de Ridge Racer Type 4. Aquel niño que creía que sabía conducir sin pisar el freno más que para derrapar todavía se conserva en mi interior, y aunque la nostalgia nos juega malas pasadas, sigo prendido por este tipo de arcades.

A día de hoy, por suerte, existen algunos proyectos interesantes capitaneados por algún tarado como yo. Tenemos por una parte 90s Arcade Racer, que mezcla lo mejor de Sega en un batiburrillo con muy buena pinta. También, y aprovechando la moda de los neones ochenteros, se asoma un tal Power Drive 2000 que apunta alto (atención a su banda sonora). No puedo dejar de lado Drift Stage, una especie de mezcla entre Auto Modellista y el manganime Inital D. Parece que, como con otros géneros, las plataformas de micromecenazgo son las únicas vías para que estos racers vuelvan a ver la luz, y por lo que han recaudado estos tres proyectos, ya no me siento tan solo.

90s Arcade Racer nace como homenaje a los mejores

90s Arcade Racer nace como homenaje a los mejores

Mi alegato nostálgico de derrapes imposibles, paisajes paradisíacos y bandas sonoras pegadizas llega a su fin. Seguiré buscando muebles originales para mi futuro retiro al campo (¿conservará alguien un Rave Racer?), pero mientras tanto, y ya en un tono más realista, espero que no solo los indies den el paso. Ojalá a algún gran productor se le encienda la bombilla y nos regale una sorpresa con sabor a 1995. De momento seguiremos disfrutando con estas pequeñas dosis, ya sea en el ordenador emulándolas, en Petrer viajando al pasado o en un rincón turístico de Los Ángeles. Y por favor, que nunca nos toque entonar un “Game Over Yeah!”