Recuerdo el binomio fascinación-terror que sentía con apenas 5-6 años cuando le pedía a mi padre que pusiese el cassette de La Guerra de los Mundos de Jeff Wayne. Esas melodías space opera todavía consiguen ponerme los pelos de punta. Creo que ese fue mi primer contacto con la ciencia ficción, al menos es el que se ha quedado mejor grabado en mi memoria. Desde entonces siempre he sentido debilidad por el género. Musical, novela, película… Lo que fuese, el formato nunca ha importado. Por eso, en cuanto me hablaron de Out There, sabía que era una compra obligatoria y únicamente podría posponer un breve tiempo lo inevitable.

A primera vista, Out There nos puede recordar a FTL (Faster Than Light) sin el componente bélico, aunque no por ello más compasivo. La Nomad, una nave que viaje entre La Tierra y Ganimedes, una luna de Júpiter, ha despertado sin razón aparente fuera del sistema solar. El espacio es demasiado basto y cruel para que una sola persona a la deriva tenga que abrirse camino entre estrellas y planetas. El objetivo es averiguar qué ha pasado, pero para ello hay que sobrevivir.

El combustible, el oxígeno y la integridad de la nave sufren con cada avance. Nuestras opciones de supervivencia dependen enteramente de aquello que encontremos tras el salto a ciegas entre sistemas planetarios. El azar es quien decide cuán lejos llegaremos en esta partida, donde, por cierto, la muerte es permanente. De acuerdo, no todo depende de la suerte. Nuestro rol consiste en ponderar si merece la pena aterrizar en un planeta u otro, o si por lo contrario debemos saltar al próximo sistema solar. Cuidado con la avaricia, cada paso debería ser un examen mental sobre si merece la pena el consumo que va a suponer la posibilidad de encontrar recursos.

[slider effect=”slideInLeft” pausetime=”3000″ autoplay=”true” navigation=”true”][/slider]

Es importante, imprescindible, buscar recursos continuamente. Bien sea enviando una sonda en busca de combustible o descendiendo a la superficie de un planeta para taladrar en busca de metales con los que reparar el casco de la nave. Por suerte para nosotros, no nos toparemos con enemigos. Ya bastante tenemos con lo que nos ha tocado. Para rellenar ausencia de batallas, Out There deja entrever un misterio que descifrar al estilo de “elige tu propia aventura” tomando ciertas decisiones en momentos puntuales.

Digo entrever porque la historia está escondida entre los rincones más inesperados de las galaxias. Habrá unas pocas partidas donde seamos capaz de rascar un poco de este misterio. En la mayoría simplemente lograremos una patética muerte en nuestra nave a la deriva sin combustible. Pero todo el sufrimiento merece la pena por esas pocas en las que conseguimos unas migajas de contexto, pese a lo injusto que es el juego.

No he conseguido terminar el juego. No he llegado a estar cerca de hacerlo si quiera. Mi objetivo siempre queda a cientos de años luz de mi posición. A pesar de las horas que he echado delante del ordenador, tengo la sensación que me falta todo por ver. Sí que he hecho algún “progreso”, – entrecomillado porque una vez mueres, empiezas desde cero de nuevo – o incluso alguna partida en la que, a duras penas, he alargado la muerte del anónimo astronauta. Pero no llego a perfeccionar una estrategia donde la victoria sea una posibilidad, remota, pero existente. Out There depende demasiado del azar y aun así no puedo dejar de jugar.

out there omega (22)